Un Vegetariano Entre Carnívoros

by Kathryn E Livingston on Agosto 26, 2015

por Kathryn E. Livingston

Cuando me diagnosticaron cáncer de seno, hace cinco años, una de las primeras preguntas en cruzar por mi mente fue “¿Qué puedo hacer?”  No era una pregunta retórica: Yo confiaba en mis médicos, pero quería saber si habían pasos a seguir para asegurarme de sobrevivir a la enfermedad y que nunca, jamás, volviera.

Por supuesto, no hay garantías, pero luego de leer todo lo que pude sobre el cáncer y la dieta, decidí hacer cambios en mi vida. Tomar el control de ciertas cosas eran muy importante para mí. No estaba satisfecha con sólo “recibir” tratamiento; quería hacer una diferencia en mi propio resultado en la medida de lo posible.

Bombardear mi cuerpo con fitoquímicos saludables, pensé, sería el comienzo, así que de las primeras cosas que hice, junto con caminatas diarias y yoga cinco mañanas por semana, fue cambiar mi dieta de “relativamente saludable” a orgánica y vegetariana. Nunca fui fanática de las hamburguesas y steaks, pero luego de enfrentarme al cáncer decidí que – para mí – hacer el cambio a una dieta basada en vegetales era lógico. Enfatizo el “para mi” por dos razones: la primera, porque hacerse vegetariano es una decisión personal que no sienta bien para todo el mundo; y segundo, porque vivo en un hogar con un esposo y tres hijos que son realmente carnívoros.

A pesar de que mi esposo Mitch se contenta con comer casi cualquier comida que yo cocino (y también es feliz ayudando en la cocina), mis tres hijos, tenían 22, 18 y 15 años cuando me diagnosticaron, levantan pesas y toman proteínas, no estuvieron muy contentos cuando anuncié que me uní a una cooperativa de frutas y vegetales orgánicos y planeaba comenzar a ofrecer platos fuertes como frijoles pintos y verdes oscuros (¡sin jamón!) o vegetales rostizados.

“¿QUÉ QUÉ?”, aullaron mis tres muchachos. “¿Esperas que no comamos más carne?”

Ya que tan sólo mencionar el tofu les revolvía el estómago, se calmaron cuando expliqué que la carne aún estaría en el menú (aunque sólo orgánica), sólo que yo no la comería.

En realidad, no dejé de comer carne de un día para otro. De hecho, comía pavo, pollo orgánico y una que otra rebanada de tocino sin nitrato durante la transición. Pero muy pronto, dejé también esos antojos. Cada dos semanas, venía a casa con una gran caja de productos orgánicos, generalmente cosechados localmente. El refrigerador estaba repleto de esferas verdes, zanahorias, calabazas y artículos misteriosos que nunca antes se habían visto en nuestro hogar, como celeriac y callaloo (debo admitir que nunca me gustó el segundo, a pesar de que he escuchado que con él se prepara una rica sopa).

Cada cambio era de notar.  “¿Qué es este raro pote de leche?” mi hijo menor preguntó una mañana.

“Libre de hormonas. Sabe mejor que la leche regular”, respondí.

De primer momento, sospecharon de estos cambios en nuestra rutina culinaria. ¿En realidad planeaba servir pavo orgánico en Acción de Gracias? ¿En realidad estaba recibiendo suficientes proteínas sin comer carne? “Te vas a enfermar”, me advertía mi esposo. Pero aquel invierno, ni siquiera me dio un resfriado.

En nuestra mesa de cena durante mi tratamiento y recuperación, habían discusiones sobre peces de granja o salvajes, arroz integral contra blanco, lino, pan integral y los beneficios de la cúrcuma. A pesar de que al principio los chicos volteaban los ojos cuando apilaba mi plato con col o espinacas, eventualmente aceptaron mi estado vegetariano. Una vez, cuando se me acabó la lechuga romana orgánica y preparé una ensalada con lechuga normal, mi segundo hijo se quejó, “Mamá, por favor no compres esta cosa. ¡Realmente es baja en nutrientes!”

Mi nueva dieta libre de carnes contra el cáncer parecía tener un impacto sobre todos los miembros de la familia, a pesar de que aún no eran conversos. Mi hijo mayor decidió que no quería comer queso. Mi segundo hijo permaneció amando sus hamburguesas, pero cambió el arroz blanco por arroz integral.  Mi hijo menor sigue amando sus costillas, pero insistió que las fresas fueran libres de pesticidas. Y mi esposo, que tenía un hábito de servir sobras al punto de petrificación, comenzó a aceptar el concepto de la energía “chi” y mi insistencia en preparar sólo lo necesario para que nuestras comidas fueran frescas.

Creo que sólo estar al lado de un vegetariano todos los días abrió nuevos horizontes a mi familia. Quizá no les interese mi sopa de nabo, pero sí se devoran el pastel que cociné desde cero cuando mi cooperativa incluyó una divina calabaza en la caja.

Prestar atención a mi dieta también era una distracción para mí. Durante las semanas de radiación y los meses siguientes, planificar una comida saludable generalmente me hacía no preocuparme. Los envíos de la cooperativa siempre eran una sorpresa y un reto, debido a que nunca sabíamos que contenían sino hasta unos pocos días antes de recibirlos. Nunca había cocinado remolacha o sofrito verdes de remolacha. ¿Quién sabría qué hacer con puerros o chirivías? Pasaba gratos momentos investigando recetas y aprendí a dejar a un lado los miedos sobre el desconocimiento culinario. Y, a pesar del cáncer, simplemente me sentía mejor.

Hoy, soy sobreviviente de cáncer de seno.  Posiblemente sería sobreviviente si hubiera continuado comiendo carne. Pero mi decisión me ayudó a hacerme cargo de mi propia salud y como consecuencia inesperada resultó en una familia más sana. Mi enfoque en alimentación sana llevó a mis hijos el mensaje de que incluso enfrentada a una enfermedad como el cáncer, uno puede tomar decisiones proactivas y positivas.

Y todos aprendimos que los vegetarianos y carnívoros pueden coexistir si todos mantienen una mente abierta. No me gusta el olor de la carne a parrilla, pero si los carnívoros pueden tolerar el jengibre, ajo y frijoles mungo en nuestra cocina, yo puedo tolerarlo.

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