Por Ann Ogden Gaffney 

Soy una mujer entrada en años. Podríamos decir que estoy en la juventud de mis años maduros, aunque mis médicos probablemente no concordarían conmigo. Pero, claro está, la edad es más que una acumulación de números: tu edad es como tú te sientes.   

Al igual que todas las mujeres, he convivido con los cambios repentinos e inesperados de mis sistemas reproductivo y urinario. Y hasta que llegó la menopausia, tuve que lidiar con las típicas candidiasis e infecciones urinarias que las mujeres solemos tomar con calma. No recurrimos al médico, sino que vamos corriendo a la farmacia a conseguir medicamentos de venta libre que solucionen estos problemas, que nos son tan familiares, que ni siquiera les prestamos mucha atención.  

Y bien, quiero decirles que siempre tenemos que prestar atención. 

En la primavera pasada, me encargué del servicio de comida y bebida para nuestra cena benéfica anual, como una donación voluntaria. Cuando terminó la cena, me senté con los anfitriones y me tomé una copa (o dos) de champán rosado antes de subir al auto que habían pedido para llevarme a casa. Cuando llegué a casa, estaba agotada. Me puse a charlar un poco con mi marido para aliviar la tensión y luego me dispuse a irme a dormir. 

Como la mayoría de nosotras, antes de acostarme tengo que orinar, y cuando lo hice esa noche me percaté de que mi orina era rosada, exactamente igual al champán que había estado bebiendo. Yo había servido unas fresas de California de color rojo intenso y me pregunté, si al igual que la remolacha (betabel, beterraga), el color había actuado como un tinte en mi interior. No le hice ningún caso a la situación. Pero a la mañana siguiente, mi orina seguía siendo de color rosado. Era domingo, por lo que decidí que esperaría a ver qué pasaba. No tenía ningún dolor ni irritación, solo la orina color champán rosado. 

El lunes a la mañana todo había vuelto a la normalidad, pero ahora estaba alerta. No estaba convencida de que las fresas hubieran sido las causantes. Y ese tipo de coloración de los alimentos, suele ser algo que sucede una sola vez, mientras que mi caso duró unas 36 horas. Tenía un viaje de negocios programado para esa misma semana, pero como yo ya había tenido cáncer dos veces, decidí no esperar hasta mi vuelta para ocuparme del tema. Llamé a mi médica de cabecera para contarle lo sucedido, diciéndole: “No creo que sea nada, pero…” 

Para hacerles el cuento corto, mi médica programó un examen de orina para mí. A decir verdad, pasé por el consultorio cuando iba camino al aeropuerto, y gracias a Dios que lo hice. 

El color rosado no era producto de las fresas ni del champán, ni de una infección urinaria, sino de sangre. Resultó ser el primer indicio de una variante agresiva de cáncer de vejiga, el carcinoma papilar. Pero lo detectamos temprano. No había llegado a crecer hasta alcanzar el músculo de la pared de la vejiga.  Esto quiere decir que, luego de una pequeña cirugía no invasiva para extirpar el tumor, pude recibir tratamiento con BCG, 6 inyecciones semanales directamente en la vejiga, seguidas de 4 dosis de inyecciones de BCG de mantenimiento a lo largo de un año para prevenir la recidiva. Y no tuve que hacer un tratamiento quimioterapéutico sistémico. Yo ya había tenido meses de quimioterapia contra el cáncer de mama, y me sentí muy agradecida de no tener que pasar por lo mismo otra vez. 

Les estoy contando esta historia como una forma muy personal de aviso de servicio público. Si no hubiera tenido esa experiencia personal con el cáncer, hubiera sido muy fácil para mí no hacerle caso a este síntoma típico y pensar que se trataba de una de esas infecciones urinarias normales que afectan a las mujeres, y no me hubiera molestado en consultar a mi médica. Pero como había sufrido cáncer antes, sí fui a verla, y gracias a ello, mi cáncer fue detectado a tiempo.  

Me alegra decirles que no tengo más signos de ese cáncer. Estoy a punto de comenzar mi segunda ronda de mantenimiento y para fin de año habré terminado mi tratamiento. 

Soy afortunada de tener este pronóstico tan favorable. Desgraciadamente, los datos demuestran que este no es siempre el caso para las mujeres con cáncer de vejiga. A diferencia de los hombres, las mujeres suelen ignorar síntomas tales como sangre en la orina, dándolos por problemas normales de infección urinaria. Infelizmente, muchos médicos tienden a suponer lo mismo cuando atienden a sus pacientes mujeres. Esto causa demoras y, como resultado, somos diagnosticadas con cáncer de vejiga mucho más tarde que los hombres, lo que se traduce en cánceres más avanzados con tratamientos más invasivos. Pero no tiene porque ser así. 

En la juventud o en la vejez, las mujeres siempre debemos tener presente que el presentar sangre en la orina nunca es normal. 

El cáncer de vejiga puede afectar a las mujeres a cualquier edad. Las exfumadoras en particular tienen mayor riesgo. Si notan orina de color rosado o semejante a té oscuro, o si observan cualquier rastro de sangre luego de orinar, consulten a su médico. Si sienten una irritación dolorosa y persistente al orinar, consulten a su médico. Los médicos pueden hacer pruebas de orina para verificar si tienen una infección urinaria, y rastros de sangre. Si no se trata de una infección urinaria, pero hay presencia de sangre o sus síntomas de dolor persisten, pida ser atendida por un urólogo, ya sea que su médico lo sugiera o no. El urólogo podrá examinar el caso y ver cuáles son sus causas. Con suerte, no será nada serio, pero si se encuentra algo, habrá sido detectado temprano en vez de tarde. 

Les pido por favor que me escuchen y no ignoren los síntomas. Sepan bien a lo que tienen que prestar atención. Y no dejen de acudir al médico lo antes posible.    

 

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