Por Ann Ogden Gaffney

Estamos viviendo una época muy extraña. Todo parece normal: el sol brilla, los pájaros cantan, las flores que marcan la llegada de la primavera aparecen alegres por doquier. Para los que hemos tenido que poner nuestras vidas en suspenso sin previo aviso por causa del COVID-19, nada parece normal. 

Cuesta entender a cabalidad lo mucho que todo ha cambiado en tan poco tiempo. Decir que es estresante se queda corto. Creo que, a final de cuentas, soy muy afortunada, porque mis diagnósticos de cáncer ya me habían enseñado cómo la vida puede cambiar radicalmente de un día para otro. También me siento agradecida de saber dónde puedo hallar un sentimiento de bienestar en tiempos difíciles: en mi cocina. 

He comprobado que el acto de cocinar me ayuda a relajarme cuando la vida parece fuera de control, cuando todo parece desmoronarse a mi alrededor. ¿Les suena familiar? El hábito de cocinar para eliminar el estrés comenzó muchos años atrás, cuando trabajaba en el mundo de la moda. A pesar de su apariencia glamorosa, es un negocio muy duro. Yo tenía un puesto de gran responsabilidad como directora de diseño de una gigantesca multinacional de la moda, en donde el entorno de trabajo era superestresante, por no decir tóxico. 

Los domingos, me ponía en campaña para hornear para toda la semana, recetas fáciles como muffins y bizcochos para el té. No era que necesitara estas cosas, pero el acto de cocinar requiere que estés presente. Así, durante unas cuantas horas, me olvidaba de todo y centraba toda mi atención en las sencillas tareas manuales de preparar recetas para hornear. A medida que trabajaba, toda la ansiedad relacionada con mi profesión se desvanecía. Y cuando sacaba del horno el producto de mis labores, la sensación de placer y de satisfacción bloqueaba la sensación horrible que había tenido en el trabajo horas atrás. Me sentía maravillosamente bien. 

He logrado utilizar la cocina para sentirme bien y superar tres diagnósticos de cáncer y ahora, de la nada, aparece el coronavirus. Al igual que yo, cada vez más gente se ve forzada a quedarse en su casa. Trabajar todo el día y tener que servir la comida en un santiamén es algo que me es muy familiar, por lo que estar en casa al principio era como estar de vacaciones. Pero después de varios días de pedir la comida y de ver películas y series sin parar, me di cuenta de que quería… no quería, sino tenía que cocinar. Me sentí atraída cada vez más a estar en mi cocina. No solo me hacía sentirme calmada y con los pies en la tierra, sino que me daba la sensación de poder aprovechar el momento, de cocinar por diversión y por placer, ahora que tenía el tiempo de hacerlo. 

Con esta nueva libertad a mi alcance, tengo planeado lo siguiente: 

  • Voy a meterme de lleno en la preparación de platos con verduras y por fin cocinar o experimentar nuevas recetas que hace tiempo he querido hacer.
  • Voy a preparar esos frijoles (porotos) exóticos que compré hace tiempo.
  • Voy a darme el gusto de hornear mi propio pan, en vez de comprarlo.
  • Voy a descubrir nuevas maneras de cocinar con vegetales de hoja.
  • Voy a preparar platos caseros británicos. 

En resumen, voy a divertirme y sumergirme de lleno en la cocina. 

La labor de cocinar produce un placer que se asemeja al de la meditación y sus tareas repetitivas inducen a la relajación. Es maravilloso poder estar presente y trabajar con total conciencia en una actividad que produce una satisfacción inmediata, y es un placer poder comer lo que has preparado y alimentar a las personas que amas. Si bien su motivación inicial puede ser su propio bienestar, cuando cocinan para aliviar el estrés, el resultado final son alimentos deliciosos y nutritivos que alimentan a otras personas también. 

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